Remando en el istmo

El deporte que prevalece
15 Jul 2019
DEPORTES

Remando en el istmo

 

Meses de entrenamiento me han llevado junto a mi equipo a esta gran última regata: Cayuco Race Ocean to Ocean.

7:30 a.m., estamos en las esclusas de Gatún listas para la segunda manga del evento: 21 millas hasta Gamboa, el recorrido más largo de los tres días. Arreglo todo lo necesario para este tramo, pues es un esfuerzo físico incomparable: agua, geles de energía, gorra… A lo lejos los organizadores de CREBA gritan “¡Reunión de capitanes!”, esto indica que en menos de 20 minutos meteremos los cayucos al agua. A mi alrededor veo  integrantes de otros equipos: algunos rezan, otros reciben unas últimas palabras de apoyo, unos pocos están corriendo por la zona, estresados porque les falta algo clave. 7:50 a.m., hora de cargar el cayuco y bajarlo por la rampa. En el fondo, se oyen los gritos de los familiares y amigos presentes, mientras el sonido de las olas que rompían contra la rampa nos daba la bienvenida al lago… “¡Buena Suerte!”

8 a.m., los cayucos de la categoría juvenil están posicionados para salir. “Diez, nueve…”, los nervios empezaron a correr por mi cuerpo. “Ocho, siete…”, empecé a preguntarme ¿Cómo llegué a esta competencia? ¿Remar del Atlántico al Pacífico? De repente, la cuenta regresiva llegaba a su fin, “tres, dos, uno, ¡GO, GO, GO!”. Tenía que estar concentrada en mi remada, sin embargo, aquello que leí en revistas como Panorama y páginas web como En exclusiva acerca de este bello deporte llegó a mí. Me parecía impresionante que hace menos de 70 años, los Boy Scouts of America fueron a conocer una comunidad indígena del Río Chagres,  su interés por su modo de transporte fue lo que encendió una llama que empezó este evento anual. En 1954, hicieron la primera carrera formal con sólo once cayucos. Ahora, frente a mí hay unos 20 cayucos compitiendo en este gran evento, sin contar los que están detrás.

9 a.m., repentinamente los artículos me llevaron a  un viaje al pasado, en el que observé la evolución del deporte. Sentía la pasión que corría en las venas de los Boy Scouts en su lucha para fomentar el cayuco, pues era igual a la que sentí durante la temporada. Veía que año tras año la competitividad aumentaba. También vi las renovaciones al bote: de ser construido al estilo indígena y pesado, a ser fabricado para romper la inercia fácilmente. Noté cómo los participantes empezaron a diversificarse, ya no sólo lo practicaban gringos o zonians, ahora lo practican panameños, que antes tenían prohibido siquiera acercarse a la zona del canal. Sentía la emoción de esos viejos participantes al escuchar de la implementación de una nueva regata en el año 1986. Y en esta realidad paralela también estuve presente en la adición de tres otras regatas: Amador en el 2001, Veracruz en 2008, Cinta Costera en 2014. Recuerdos encantadores pasaban por mi cabeza mientras pensaba en cada una de esas carreras. Y el placer de competir junto a mis amigas me llenaba de júbilo.

11:30 a.m., mis memorias desvanecieron al percatarme que estábamos a metros de la boya 93, la meta. En el fondo se escuchan sirenas y gritos de personas esperando nuestra llegada. La ansiada boya se hacía cada vez más grande, y los gritos más fuertes. La bandera a cuadros que antes no era visible, ahora estaba a nuestro alcance. Se sentía irreal. Al ver la proa del cayuco pasar el punto de llegada mis sentimientos se fusionaron, no sabía si gritar, llorar, reír, no sabía cómo expresar ese orgullo que sentía ante esta gran hazaña de mi equipo. Sentí que era capaz de todo, y no tengo duda que aquellos que remaban conmigo ese día y los que remaron en años previos han compartido este mismo sentimiento.

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